Mi primera experiencia haciendo senderismo
Mi primera experiencia haciendo senderismo
Mi primera experiencia haciendo senderismo
Duré más de dos años con el deseo de practicar senderismo. Siempre ponía una excusa tras otra, ya que tenía muchas actividades que ocupaban gran parte de mi tiempo. Sin embargo, una vez que tomé la decisión, le agradecí a Dios con toda el alma por la experiencia.
Mi primera ruta fue con un grupo experimentado de senderismo llamado Trillando Ando. Fuimos hacia la Ruta de los Chivos, en Jacagua Arriba, una ruta que estoy seguro puedes encontrar entre las opciones disponibles en Santiago de los Caballeros. Me preparé con lo que tenía, sin saber muy bien a dónde me dirigía; solo contaba con la ubicación del punto de inicio. Tomé unos tenis y ropa deportiva que tenía mucho tiempo sin usar.
Al llegar al punto de encuentro, ya había varias personas allí, muy amigables, que también participarían en la caminata. Los primeros metros fueron sencillos, pero al enfrentar la primera subida quedé impactado: era una pendiente muy empinada en concreto. Aun así, decidido a lograr la meta, continué caminando detrás de un señor mayor, mientras los demás avanzaban a su propio ritmo.
Después de unos 15 minutos, me sorprendió la velocidad con la que ese señor seguía caminando como si estuviera en terreno plano, mientras yo, siendo mucho más joven, me iba quedando rezagado. Al mismo tiempo, me sentía maravillado por las increíbles vistas que estaba descubriendo en un lugar tan cercano a Santiago.
Tras unos 35 minutos de caminata, y aunque la conversación con ese señor era muy agradable, decidí dejarlo continuar su camino mientras yo descansaba un poco y esperaba a los demás para conversar con ellos también. “Menos mal traje agua”, pensé, mientras bebía de forma constante.
Mientras esperaba, me encontraba en una especie de colina contemplando un atardecer grandioso que se desplegaba en el cielo. Luego retomé la caminata con otro grupo; lo que inicialmente eran unas 15 personas se había dividido en pequeñas agrupaciones que avanzaban a su propio ritmo, conversando y tomando fotos del paisaje.

Unos pasos más adelante llegamos a la meta propuesta para ese día, aunque camino por recorrer aún quedaba bastante. Ese lugar se caracteriza por tener una propiedad delimitada con una verja de aluzinc, conocida entre los senderistas como el “Muro de Trump”, en referencia al presidente de Estados Unidos. Allí nos esperaba el señor Marcos para iniciar el regreso.
Esperamos a los últimos en llegar, nos tomamos una foto y emprendimos el camino de vuelta. Ahora lo que resaltaba eran las estrellas y las luces de la ciudad vistas desde lo alto. En algunos tramos, las casas iluminaban nuestro paso; en otros, utilizábamos linternas y la luz de nuestros celulares para evitar tropezar con rocas en las zonas sin concreto.

Yo pensaba que al llegar a la meta lo más difícil había quedado atrás, pero no fue así. La bajada del Chivo resultó ser todo un reto para mis piernas; sentí el esfuerzo intensamente en los muslos.
Al finalizar, el grupo decidió salir a cenar donde Rita, un local de una senderista cercano a la zona. Allí todos estábamos felices, cenando, tomando algo y conversando sobre otras rutas que habían realizado o que deseaban hacer.
Realmente, la experiencia fue magnífica, y le agradecí mucho a Dios por permitirme compartir con ese grupo de personas. Después de un año participando en distintas rutas, algunas más exigentes que otras, me di cuenta de que no puedo vivir sin el senderismo. Poder despejar la mente, disfrutar de la naturaleza y compartir con buenas compañías es algo verdaderamente hermoso.

Siento que uno se conecta con Dios de una manera especial y complementaria, y termina profundamente agradecido. Claro, esto no aplica para todas las experiencias de senderismo, pero en mi caso no hay una sola ruta de la que me haya arrepentido. Mientras se sepa a dónde se va y se esté preparado mental y físicamente, no hay límites para lo que uno puede lograr.
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